POLSEGUERA

Es curioso como incluso los paisajes más áridos se esfuerzan en adoptar a las personas que, en un alarde de valentía, los pueblan. Acogen sus casas, cultivos, fauna domesticada; Incluso su parte más espiritual, dando cobijo a leyendas, tradiciones y bandas sonoras. Por ejemplo, el stoner rock, que guarda su imaginario en Palm Desert, pero pocos sabréis de su versión en miniatura -y que nada tiene que ver con el stoner-, de donde nace Polseguera (en castellano polvareda). En el interior de Mallorca, está el anti-oasis isleño, poco transitado, de vegetación seca y carreteras a medio asfaltar, donde como a Tomeu Mulet le gusta imaginar, si pasas allí unas horas terminas por toser polvo. Polseguera es un guiño a su horizonte natal, y es un nombre que le rondaba por la cabeza antes de formar parte de Beach Beach, Kana Kapila o Der Ventilator. Su proyecto personal tenía un título a priori, incluso de conocer a los integrantes de lo que ahora se ha convertido en un power trío, con Verónica Alonso (Me and the Bees) a la batería y con Sergi Egea, de Famèlic y Festival Hoteler, que se cuelga por primera vez el bajo.
Existía un nombre, casi podríamos decir que un topónimo, pero hasta 2009 no apareció la primera canción (“Més Llum” originalmente “More Light”, una pieza inèdita para Der Ventilator). Luego se presentó la narcótica “M’hi tir”, que trata abiertamente y sin grandes aspavientos sobre la idea de suicidio. Partiendo de aquí, Tomeu comenzó a buscar una sonoridad propia, marcada por el idioma -el catalán-, y sus desbarajustes en solitario con la guitarra. Como un mapa, en sus letras se abrieron espacios que conocía: el Puig de ses Bruixes en la sierra de Galdent o la finca de Sa Mata Escrita, otra leyenda, basada en el matorral que dictó los conocimientos a Ramon Llull cuando estuvo de ermitaño en la isla. No es una coincidencia que “Sa Mata Escrita” se convirtiese en el nombre de este EP debut. Las revelaciones aquí llegan a través de objetos vivos, sean las gaviotas que sobrevuelan su nueva residencia frente a la Catedral del Mar en “Gavines” o unos cabellos femeninos que anticipan el declive de una pareja. Las relaciones son como esos paisajes desérticos, una trampa que genera la ilusión de poder vivir en ella, aunque las personas que la habitan desaparezcan y solo quede el recuerdo (“Ja no me’n record”). El terreno no tiene memoria para las personas, solo para su música, y serán los rastros de nuestra tradición los que poblarán la tierra yerma cuando ya no podamos vivir en ella.
Quizás como los colonos malditos que buscaron cobijo en suelos complicados, Tomeu se lanzó a la hazaña cuando encontró a Sergi y a Verónica para acompañarlo en las canciones. Y en 2015 se completa Polseguera, una banda que ha tardado en debutar porque ha querido explorar y fabricarse paulatinamente desde los cimientos. Después de construir con mimo las líneas de cada instrumento (un ritmo militar, un bajo distorsionado, voz taciturna, coros inmaculados y la guitarra rasgada) se auto grabaron por línea re-amplificada; aceptando los límites de su conocimiento en la materia y emulando la batería con una Alesis HR-16 y una Roland R-70. El sonido resultante tiene su peso aparte, porque difiere de los directos, con esa base sintética al estilo de The Jesus & Mary Chain o Psychedelic Furs, y unas guitarras procesadas que rememoran a Bauhaus. Unos arreglos curiosos para unas canciones de núcleo pop, cuya mezcla se ha dejado en manos de Ander Agudo, un productor de electrónica ambient que ya trabajó en la grabación de “Tambor, Canción y Danza” de Kana Kapila y que forma parte de proyectos tan dispares como Rayo-60 y Kou Keri Kou. Así, el combo cobra una energía insólita de géneros cruzados que traba-
jan las partes más áridas de la emoción y el paisaje.

Aïda Camprubí

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